Vuelo Nocturno
Me levanté del escritorio con una punzada en el estómago. Era hambre.
Me había entregado por horas a la historia de una canción.
El dúo había estado trabajando en cada detalle. Habían probado con distintos músicos de sesión para cada solo, para cada instrumento. En ciertos grooves, ningún humano podía percutir el ritmo que se le demandaba; entonces junto con Roger –el ingeniero de sonido–, Walter y Donald inventaron una máquina para lograrlo: un baterista sintético llamado Wendel.
Y esta era la última canción. Se había pulido hasta lograr la
cinta maestra esa tardecita. Entonces todos se retiraron del estudio y solo
quedó un ingeniero bisoño para la última y sencilla tarea: la copia de
respaldo.
El novato se había quedado esperando su turno durante toda la
jornada, aún sin saber si requeriría su trabajo: poner el original en un reproductor,
poner una cinta virgen en otro cabezal, apretar el botón copiar. De alguna manera
le pondría el broche de oro al disco que luego ganaría un Grammy.
Y el joven había estado escuchando todos los instrumentos, todas
las intervenciones magistrales, todas sin tocar perilla alguna. Eso le había
dado la distancia como para entender que la canción era superlativa.
Colocó las cintas, estiró los brazos con los dedos entrelazados
hasta que le sonaron los nudillos. Una preparación necesaria para presionar el
botón final. Clic.
El zumbido de los cabezales girando y las cintas desenrollándose,
enrollándose, le produjo un hormigueo en la nuca que le bajaba por los hombros.
Se repantigó en la silla mullida de control esperando el biiip.
De repente dejó de escuchar el siseo. El cosquilleo se detuvo
en seco. Miró las cintas… y solo atinó a tirar del cable de electricidad. Todavía
siguieron girando las cintas electromagnéticas una porción de segundo. Un
tiempo más que suficiente para saber que se había mandado una gran cagada.
No estaba respaldando la cinta madre: la estaba pasando por
arriba con una cinta virgen. La borró.
Al día siguiente, el desaliento fue tan grande que los músicos
no pudieron reproducir la canción nuevamente. Al final el disco salió sin ella.
Décadas después había aparecido una copia, un registro de muy baja calidad. Algunos fanáticos trabajaron con ahínco en una recuperación. Había escuchado el resultado. Sonaba mejor de lo que la recordaba: podría
haber sido un hit…
No encontraba el remate para la historia que quería publicar
en mi blog. Ya era más de medianoche. Pensé que sentido tenía que siguiera
procurando subir el post. ¿Habría alguien del otro lado?
Recordé una canción de Donald del disco solista. Sí, porque
después de ese accidente el grupo se separó. En la canción un DJ de radio
piensa que tiene una gran audiencia, en un programa en la madrugada. Al menos,
yo no sabía que la tuviera, pero me gustaba creer que había estado escribiendo
para alguien.
Si no hubiese sido por la punzada en el estómago, esa queja de
mi cuerpo para que lo alimente, hubiese seguido. Pensé en esos japoneses que se
mueren de inanición, entregados a algún videojuego.
Tenía que cocinar algo. Me puse los auriculares y seleccioné
la canción del DJ. Ya antes había empezado a cantar el estribillo. O lo
pensaba, no sé.
Iba a hacer unos fideos, para comer con aceite y queso. Un
poco de pimienta negra y si me quedara algo de vino… una cena decente.
Pero sobre la mesada estaba un artilugio que había comprado en
una tienda de chucherías. Una tenaza que tenía un hueco para poner un diente de
ajo. Al hacer palanca, al apretar, saldría una pasta blanca por unos orificios.
Decidí hacer una salsa con puré de tomate.
Puse un diente y presioné: ¡TRAC! El aparato de medio dólar se
partió, me quedé con ambas palancas en la mano y el resto del aparato voló con el
ajo impertérrito.
Largué una carcajada que rajó la noche.
Y entonces, de la nada, la canción en mis oídos se paró. Y por
los auriculares escuché:
“I feel conflicted”
Una voz grave. Solo voz, sin música, sin entonación.
Monocorde.
Y la canción volvió, como si nada.
¿Qué había sido esa voz?
Pensé en el fantasma de Walter. O en una broma de Donald. O en
una queja de Roger. O en una confesión de Wendel.
No, supe que esa voz no tenía nombre. La historia se lo había
olvidado.
El hambre se me fue. Volví al blog. A escribir sobre un
fantasma sonoro.
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