Grisoso

 



Me despierto. Es mi tercer primavera en el bosque. Antes de la larga siesta me había atiborrado. Ya estoy pronto para otra comilona, aunque siento en mi vientre un hambre nuevo. Me dispongo a dar una recorrida. Descubro el motivo de mi ansiedad, sin embargo no me puedo servir. No tengo una palabra para explicar lo que siento.

Transcurren algunos días y sigo con mi búsqueda. Sin suerte. Hasta que encuentro a ese grupo tan raro. Me miran con cara de asombro, llaman mi atención esas hojas de arce rojas y me acerco. Siento un pinchazo en el hombro.

Me despierto. El bosque desapareció y esta muy frío. El sol está en el horizonte y no se mueve. Pasan varios días y el sol sigue quieto. Todo es gris. Nunca es de noche ni de día. Estoy confundido, no sé si me siento así por el sueño, el frío o porque todos me gruñen. Quiero volver al bosque, me pongo en marcha.

Transcurren varios días. De repente el paisaje empieza a cambiar: aparecen árboles, ríos y ¡se esconde el sol! Otra vez duermo a pata suelta.

Me despierto. La mañana es cálida y voy hasta el río a pescar. ¡Otra vez los raros! Me doy vuelta, no los quiero ni ver. Siento un pinchazo en el anca.

Me despierto. Estoy al lado de un estanque de agua sucia. Me quiero ir de ahí pero un montón de palos clavados en el piso no me dejan pasar. Trato de encontrar una salida, pero nada. Muchos raros pasan. Me desespero, espero otro pinchazo. Mi grito me sorprende. No sabía que podía hacer eso. En seguida me traen comida. No está tan mal. 

Ya los gritos no me traen la comida. Hasta prefiero los días del desierto sombrío; al menos no pasaba indiferente para aquellas bestias. Hasta que un día, uno de esos que caminan en dos patas coloca un pedazo de madera blanca del otro lado de los palos. Entonces, todos los que pasan se paran, me señalan, me tiran comida y hasta me hablan alegres. Me siento mejor. Sin embargo, todavía sigo con apetito.

- ¡Papá, Mamá, miren: un Oso Pardo Albino!









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